Pum. Escucho un sonido. Pum.
Escucho de nuevo junto a un temblor en mi cuerpo. Pum. Por tercera vez se
repite pero ahora con el acompañamiento de un ligero dolor en mi pecho y de una
voz que parece venir de lejos, como cuando se conversa a través de un cristal,
una barrera. Pum. Poco a poco las alas de la conciencia se despliegan y siento el
rítmico retumbar y dolor en mi pecho y la voz se hace más clara. Cuando las
nubes de la inconciencia se disipan completamente de mis sentidos una trémula
luz que se filtra por las cortinas de mi ventana revelan parte de una frágil
figura sobre mí, descargando alternada y constantemente sus puños en mi pecho a
intervalos homogéneos reclamando con voz desesperada.
— ¿Por qué? — dice con voz entrecortada — ¿No soy yo el
que despierta felicidad en ti? — un golpe — ¿No soy yo quien te dice que es lo
correcto? — otro golpe más — incluso yo soy quien te dice que es la indicada y
soy yo quien te dice que algo va mal y te advierte de un posible daño — le
escucho sin responder y acepto sus golpes — deja de culparte, deja de culparme
a mí ¿No vez lo que nos haces? ¿No vez que permites que ese demonio se acerque
a nosotros y nos atormente? No es tu culpa no es culpa mía — decía con lágrimas
en el rostro o eso interprete en la penumbra — algunas historias acaban no por
errores si no pro que su destino ha sido escrito así. No es mi culpa.
— Lo sé — respondo — lo sé —
levanto mis brazos — lo sé — le abrazo — es difícil — contesto — sus golpes
cesaron y con ello su voz de protesta. Pasó el tiempo y al sueño se entregó. Le
bese la frente y al sueño le acompañe.
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