— ¡Por fin! — exclamo a salir, un poco agitado, de este oscuro bosque. Mis pies están un poco cansados y doloridos de la pesada caminata, más con este tesoro en mi brazo izquierdo, también las zarzas del han hecho su trabajo, mi rostro, mis brazos y piernas, todo mi cuerpo, es testigo de las tortuosas espinas. Mi respiración es fatigosa, más el agotamiento no ha hecho estragos en mi.
Miro al frente y puedo vislumbrar el valle que he estado buscando. A la distancia puedo distinguir dos campos, ambos asombrosos aunque a su manera. Una, a la derecha, es verde y hermosa, pueden vislumbrarse cientos de flores de los más alegres colores, árboles frondosos y pletóricos de los más diversos frutos de la más apetitosa apariencia, y su sombra parece invitar amablemente a descansar, puede apreciarse también ciertas construcciones que asemejan encantadores monumentos marmóleos, brillantes a la acogedora luz del Sol y llenos de ofrendas hechas con las más hermosas ornamentas florales, flores que no parecen estar en otro lugar salvo ahí, si uno continua observando puede apreciar ciertas alegres criaturas bailando y jugando sobre los pastizales, los árboles y los monumentos. Una tierra realmente encantadora. Por un costado de esta tierra yace un rio cristalino, tan puro que los rayos del Sol parecen revelar joyas sobre sus aguas. Al parecer este rio es el borde de este campo y el otro, a la izquierda del valle, este otro campo es completamente distinto, su tierra es árida y no parece crecer flor alguna, sus árboles están secos y sin hojas dándoles la apariencia de manos siniestras levantándose desde los más profundos avernos para rasgar el cielo, a lo largo de este campo, de forma irregular y caótica, sobresalen como fauces demoníacas las más tristes tumbas, e incluso en algunas puede verse los brazos de sus inquilinos, infiero que en un intento por escapar, y en otras no sólo brazos sino también almas lamentándose mientras en torno de su tumba gimen. Una vista triste realmente.
Estaba tan asombrado de lo que mis ojos contemplaban que no presté atención a mis alrededores, por lo que no me dí cuenta desde cuanto tiempo, en silencio, estaba parada a mi derecha, mirando a la misma dirección que yo, esta siempre misteriosa figura; su altura podía comparare al de dos personas de alta estatura, parece que ha crecido desde la última vez, verdaderamente impresionante, su vestimenta consistía en una simple túnica con una capucha, como esa que usan los monjes capuchinos, nada diferente a como le recordaba, uno pensaría que esta capucha oculta por completo sus facciones pero , en realidad, no hay rostro en el lugar donde se supone debe haber uno. Sus manos, enormes manos oscuras y de apariencia poderosa, cargaba lo mismo que la última vez;en su mano izquierda lleva una pluma negra de ave, como la que usaban los antiguos escribas, y en su mano derecha un libro del tamaño proporcional al de su altura, de apariencia antiquísima, de pasta gruesa y roída, con detalles arabescos y adornos de metal en las esquina, pero ahora es más grueso que como lo recordaba.
— Esperaba su llegada más pronto, mi señor — dice al fin, sin voltear a mirarme aún. Su voz es como un retumbo en la tierra, parece resonar en todo el valle, profunda y serena, como si hablara en el interior de una cueva que llega a lo más profundo de la tierra. Recuerdo que la primera vez que oí esa voz pensé que era sólo en mi cabeza, pero cuando sentí las vibraciones de cada palabra que esta figura pronunciaba, esta idea se desvaneció.
— Lo sé — contesto — el que no sea la primera vez que tengo que hacerlo, no significa que me resulte mas fácil. Pero aquí están y los he traído a ti — levanté ligeramente, a manera de indicación, el brazo con el cual cargaba mi tesoro,un cofre dorado, hermosamente dorado — creo que es el mejor que he hecho — bajo un momento la vista para mirar este pequeño cofre y al levantarla este ser estaba ya a mi izquierda.
— ¿Puedo, mi señor? — pregunta la figura.
— Adelante — le contesto y al momento una mano invisible toma entre sus dedos al pequeño tesoro que cargaba — aún no me acostumbro a que aparezcas y desaparezcas de la nada.
— Lo siento señor, así es mi naturaleza. Puedo ser invocado con por el atisbo de un fragmento del pasado o por cualquier objeto que se le parezca y ,como ya has de saber, mi presencia en el mundo de mi amo puede convocar fantasmas que se creían desvanecidos o perdidos, como los de ese valle, o también a llamar a las criaturas más dulces y de sensuales figuras.
— Lo sé —digo mientras suspiro — sé que puedo hasta consultarte, aunque jamás das consejo o respuesta.
— Sólo muestro los hechos, señor.
— Así es
— No quiero ser grosero, mi señor, debemos proseguir con lo que le ha traído aquí. ¿Puedo revisar el contenido?
— Por su puesto, es para ti y para que esté en tu custodia
— Con su permiso — sin ninguna intervención aparente, la tapa del pequeño cofre se abre y flotando unas luces emergen de su interior — ¡Oh que lastima, mi señor! Son tan preciosos estos fragmentos. Son dignos de los más solemnes monumentos, altares de adoración. Puedo ver cientos de sonrisas, un sin fin de alegrías de los más diversos y esplendorosos colores. !Que esencia más divina, que ambrosía más dulce hay en estos¡ Es una verdadera lástima — pauso sólo un momento y volteó a verme con esos ojos inexistentes, tal vez llenos de empatía a mi notoria tristeza — Lo lamento, ahora entiendo el retraso de su llegada — las pequeñas luces regresan al interior del cofre y este parece cerrarse por sí solo — Será desgarrador, mi señor, condenar tan bello tesoro, tan doloroso — otro pequeño silencio.
— No todas serán condenadas — lo digo sonriendo con cierta amargura — quiero que alguno de los fragmentos se vayan a esa parte del valle — indico el campo verde y florido.
— Entiendo — responde — comenzaré ahora, separaré los fragmentos ¿Cuales debo enterrar?
— Todos en los que mi corazón arde y también en los que está triste — le contesto — salva sólo en los que mi sonrisa es de alegría, sólo alegría.
— Así será, mi señor — de pronto, todos los fragmentos se elevaron y comenzaron a dividirse en dos grupos; un grupo se fue al campo de sombras y en el se creó un mausoleo y el otro grupo se fue al campo florido, aquí las luces se convirtieron en una pequeña fuente con una inscripción. A finalizar esto el ser abre su libro y agrega un par de hojas más con su pluma negra — Está hecho, ahora sólo falta que presente una ofrenda, para asegurar que no escapen de su tumba y que la fuente no se seque. Debo arrancarle esa llama que aún arde en su interior ¿Preparado, señor?
— La verdad, nunca lo he estado — le sonrío sin gana — vamos, acabemos con esto — Este ser se acerca y se detiene frente a mí, coloca el libro junto a la pluma en su mano izquierda y con la derecha, en un movimiento rápido, arrebata del interior de mi pecho una pequeña flama y de pronto siento el más grande y doloroso vacío en mi interior, como si cientos de bocas con dientes de hielo, sin filo e irregulares mordiesen y arrancaran pedazos de mí, no lloré, ya no podía, sólo caí sobre mis rodillas y trataba de respirar, pero sin alivio. Levanto la vista y veo como la llama se convierte en flores, esas de los colores más brillantes y hermosos.
— Una parte de estas flores es para la tumba y el otro para la fuente — contesta el ente mientras permanezco de rodillas y sintiendo mi interior consumirse — sólo puedo prometerle una cosa, mi señor. El día en que ya no existan más mañanas por contar, justo antes de que su corazón deje de latir, vendré a usted y le traeré cada uno de los fragmentos de su existencia donde sólo la alegría florece, Le regalaré una eternidad en esos recuerdos, le mostraré esos campos que vé, comerá de los frutos de esos árboles, sentirá el viento que con los pastizales juega y escuchara las risas de esas criaturas que bailan y juegan, sólo resista hasta entonces. Ahora vuelva y espero volverlo a verle sólo para registrar sonrisas. Y así desperté, vacío de nuevo, pero con un nuevo día por delante y así como mi memoria lo ha dicho, espero que los siguientes fragmentos que atesore sean sólo alegrías.
Isaías Agusto