domingo, 3 de agosto de 2014

Canción de Cuna



Intoxicado y desorientado me acerco a su lecho, donde duerme tranquilamente. Al llegar a su lado, me arrodillo a su cama. Contemplo embelesado la belleza de su rostro y con mayor atención esa eterna sonrisa que sus labios parecen siempre dibujar. Acerco mis labios a su oído.

— Luces hermosa, mi pequeño ángel. Diosa de la sensualidad, alegría y belleza entre las sílfides náyades. 

Retiro un poco mi rostro del de ella y guio mi trémula mano a su rostro. Acaricio su cabello rojo y lentamente acaricio su mejilla. Mientras hago esto le comienzo a susurrar.

— No hay estrella que iguale el fulgor de tus ojos verdes. Inmensos campos donde siempre me pierdo. No hay Sol que coloree este mundo como hace tu sonrisa con el mío. Rompiste mi orgullo y lo doblegaste ante ti. Transformaste a esta alma de piedra en hombre, un hombre libre y solitario que se ha esclavizado a ti. No puedo contar las alegrías que has tatuado en mí. No existen suficientes palabras de agradecimiento que pueda decirte por todas ellas. No hay tiempo para inventarlas.

Me incorporo y beso su frente, su mejilla y sus labios. Una vorágine se sentimientos y sensaciones se agitan en mi interior, explotando, chocando y fundiéndose, tratando de buscar un escape.

— Mi pequeño ángel. Espero escuches mis palabras a través de tu sueño — vuelvo acercar mis labios a los suyos y les beso — Duerme y sueña bien. Te amo.

Y entonces esos sentimientos en mi interior encontraron escape a través de mis lágrimas, intérpretes silenciosas de esa canción que se le dedica al bien dormir de los muertos.

Isaías Augusto Sánchez Hernández




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