Intoxicado y desorientado me
acerco a su lecho, donde duerme tranquilamente. Al llegar a su lado, me
arrodillo a su cama. Contemplo embelesado la belleza de su rostro y con mayor
atención esa eterna sonrisa que sus labios parecen siempre dibujar. Acerco mis
labios a su oído.
— Luces hermosa, mi pequeño ángel.
Diosa de la sensualidad, alegría y belleza entre las sílfides náyades.
Retiro un poco mi rostro del de
ella y guio mi trémula mano a su rostro. Acaricio su cabello rojo y lentamente
acaricio su mejilla. Mientras hago esto le comienzo a susurrar.
— No hay estrella que iguale el
fulgor de tus ojos verdes. Inmensos campos donde siempre me pierdo. No hay Sol
que coloree este mundo como hace tu sonrisa con el mío. Rompiste mi orgullo y
lo doblegaste ante ti. Transformaste a esta alma de piedra en hombre, un hombre
libre y solitario que se ha esclavizado a ti. No puedo contar las alegrías que
has tatuado en mí. No existen suficientes palabras de agradecimiento que pueda
decirte por todas ellas. No hay tiempo para inventarlas.
Me incorporo y beso su frente, su
mejilla y sus labios. Una vorágine se sentimientos y sensaciones se agitan en
mi interior, explotando, chocando y fundiéndose, tratando de buscar un escape.
— Mi pequeño ángel. Espero escuches
mis palabras a través de tu sueño — vuelvo acercar mis labios a los suyos y les
beso — Duerme y sueña bien. Te amo.
Y entonces esos sentimientos en
mi interior encontraron escape a través de mis lágrimas, intérpretes
silenciosas de esa canción que se le dedica al bien dormir de los muertos.
Isaías Augusto Sánchez Hernández
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