sábado, 21 de junio de 2014

Diálogo VI: EL destello

— Te ves bien hoy — me dice mientras le veo de frente — sólo acomódate un poco el cabello y esa camisa — lo hago, repaso con mi mano mi cabello y alineo el cuello de mi camisa — !Perfecto¡ Así está bien — me interrumpe. Vuelvo a centrar la atención a el — !vaya¡ ese viejo te ha golpeado de nuevo; sus impares manos te han dejado hematomas y cicatrices — me observa — tienes rasgaduras en los ojos, labios y en la frente — paso mis dedos por mi rostro.

— No está tan mal — contesto mientras sigo explorando, analizando, con la yema de mis dedos, mi rostro. Tiene razón, puedo sentir las rasgaduras en mi piel, el daño es evidente. — Es cruel ese viejo.

— Debes cuidarte, a partir de ahora el tiempo cobra el doble.

— Lo sé — contesto. De pronto, parece verme fijamente a los ojos y yo le sostengo la mirada.

— También ha cambiado tu mirada — le sigo observando al igual que el. No contesto nada, sólo observo.

— ¿Si? — inquiero al fin.

— Sí — responde — Se han vuelto más opacos, pero ahora que les veo, entiendo el porqué alguna vez alguien dijo que eran bonitos — le sigo mirando fijamente — sé que son de un color bastante común, pero no es ese el factor que determina lo que ya he dicho; a través de ellos puedo percibirte, tu esencia, tu fragilidad.

— ¿Fragilidad? — vuelvo a preguntarle. Dibujo una expresión de enojo en el rostro, tratando de defenderme de ese comentario. Sigo mirándole.

— Sí — vuelve a afirmar. A pesar de que pongas esa expresión dura o a veces una cara de apatía, no puedes ocultarle, le veo: eres Frágil. Ahí, justo ahí, al frente del iris. En ese lugar puede verse aún un pequeño destello, y es este donde se ve todo lo que ocultas. ¿Puedes verlo? — me acerco, y le observo. No pude captarlo en seguida, requirió de un mayor esfuerzo del que creía. Sorprendido contesto

— ¡Sí. Le veo! Jamás me había detenido a observarlo.

— Debes protegerlo — me ordena — Ese es el sitio donde aún habita la esperanza. Donde cada recuerdo que poseas puede ser imbuido con alegría y , por lo tanto, lo que evita que la amargura se vuelva una pútrida bacteria que carcoma tu alma. Las sombras yacen cerca. No les permitas extender su velo sobre él.

— Si no se me olvida — le contesto.

— Recuerda que me tienes a mí. Cada vez que me mires, y así lo harás, te lo recordaré y te mostraré que aún tienes ese brillo en tu mirada.

— Cuento contigo — le miro mientras sonrió — Cuento contigo — le repito a mi espejo.


Isaías Augusto





miércoles, 11 de junio de 2014

Diálogo V: La Ignorada

Decidí salir temprano del trabajo, la melancolía del día ya me había afectado, por lo que elegí caminar por las calles y buscar un lugar donde tomar un café y terminar el libro que leía actualmente. El día seguía gris, tanto como en la mañana. Mientras caminaba por las calles, seguía sosteniendo una ligera sonrisa, fingiendo, observando de vez en cuando el cielo y mirando uno y otro lado de la calle en busca de cualquier detalle que entretenga mi imaginativa mente, entonces, volví a ver, a la distancia, a esa hermosa mujer, parada, observándome, me ha estado siguiendo, mucho más cerca que de costumbre.
Esta mañana, al prepararme para salir a mi trabajo, le vi, por vez primera en el día, por la ventana de mi habitación y mirando directamente a esta, jamás ahí ni tan cerca como para verle con detalle, siempre a mucha distancia, vi su inmaculado y blanco rostro, sin expresión, ni en sus ojos verdes y serenos, ni en sus labios perfectamente dibujados, y a pesar de la carencia de estas expresiones, la belleza era humilde frente a ella. Pude ver sus ropas, tonos oscuros, siempre oscuros, con algunos toques rojos o grises, perfilaban perfectamente su silueta, una provocativa e hipnotizarte figura, mis brazos deseaban recorrerla, era imposible no observarla, sin embargo, fingí no verle y sonreí.

— No debe saber que la ves — dije a mis adentros — o seguirá acosándote — Finalicé mis preparaciones y salí a mi trabajo.

La mañana era fresca por lo que disfrute de la caminata hasta mi camión, de la bruma fantasmal de los cerros, de su color verde y las formas del horizonte, sin embargo, el día me parecía triste y gris, y logró contagiarme de su melancolía, un vacío me envolvía y no podía deshacerme de el. No esperé mucho, el camión llegó al tiempo que yo, subí y le volví a ver, al lado del camino, observándome, de nuevo mantuve mi sonrisa y le ignoré. Todo el caminó lo pasé observando, viendo nada en realidad, por la ventana, y de vez en cuando le veía. Una vez allí, otra allá.

— Hoy está más insistente — me dije — sólo ignorala — me ordené.

Así fue como de me ha presentado esta mujer que ahora se me presenta de nuevo, me acosa, y como todas las demás veces sonrió y camino ignorándola.

Encontré un perfecto lugar para tomar un café y leer, por fin, mi libro. Entre al lugar y me acomodé en una de las esquinas, en uno de esos sillones donde pueden sentarse varias personas para charlar, saqué mi libro y pedí al mesero un café, pronto ya estaba leyendo tranquilamente y disfrutando de lo amargo de mi bebida, cuando de pronto, le veo de nuevo, de soslayo, parada frente a mi mesa, tan cerca, increíblemente cerca, con sus provocativas figuras y hermoso rostro. Seguí leyendo, fingiendo de nuevo.

— ¿Acaso seguirás en ese plan? — dice. Sigo, trato, de leer — ¿Te es correcto ignorar a una mujer que busca tu atención? — continuo sosteniendo mi sonrisa y mirando, sólo mirando, las letras de mi libro. Ella se sienta a mi lado, e inclina su cabeza en mi hombro. Su perfume era arrebatador y su efecto era inquietar a mi alma que ansiaba el contacto. No hice,  no dije nada. — No te resistas, no pido más que tus atenciones, y prometo, un descanso a tu corazón y tu alma. Entrégate a mis brazos — me asió del brazo. Apunto estuve de abrazarla, de dejar que su dulce voz me conquistara, más no cedí, todo gracias a que a alguien se le calló una taza al piso. Saqué mi cartera, deje un billete para cubrir el café, guarde mi libro, levanté mi mochila  y me fui de inmediato. Quitándome de encima a esta encantadora mujer.

Salí a paso veloz, casi corriendo, vague por las calles, sin pensar en mi destino ni en el tiempo. Comenzó a llover, las gente se hacía cada vez más escasa y la luz de este opaco día moría, no me importaba sentir las frías gotas que caían como agujas sobre mí, seguía caminado y ella seguía tras de mí. Levanté mi mirada, no había alma alguna, ni a mi derecha, ni a mi izquierda. Me detuve. Alcé mi rostro al cielo oscuro y encapotado, dejé que las lluvia aguijoneara mi rostro y esta sensación fluyera de mi.

— Puedo verlas, ¿sabes? — dijo ella mientras me rodeaba por la espalda con sus brazos — a pesar de que la lluvia las disfrace, puedo verlas y puedo quitártelas, pero debes entregármelas. Quitaré el peso con el que cargas — de nuevo sonreí, pero no le ignore, tomé sus manos entre las miás, gire para poder verla directa a los ojos, y con una sonrisa me arrodille y le abracé y dejé que mi sonrisa en carcajadas tristes se convirtieran. En medio de esta fría lluvia, entre carcajadas, desgarradoras carcajadas, me entregué a los brazos de esta hermosa e ignorada dama.

Isaías Augusto



Beksinski

domingo, 8 de junio de 2014

Diálogo IV: Memoria

— ¡Por fin! — exclamo a salir, un poco agitado, de este oscuro bosque. Mis pies están un poco cansados y doloridos de la pesada caminata, más con este tesoro en mi brazo izquierdo, también las zarzas del han hecho su trabajo, mi rostro, mis brazos y piernas, todo mi cuerpo, es testigo de las tortuosas espinas. Mi respiración es fatigosa, más el agotamiento no ha hecho estragos en mi.

Miro al frente y puedo vislumbrar el valle que he estado buscando. A la distancia puedo distinguir dos campos, ambos asombrosos aunque a su manera. Una, a la derecha, es verde y hermosa, pueden vislumbrarse cientos de flores de los más alegres colores, árboles frondosos y pletóricos de los más diversos frutos de la más apetitosa apariencia, y su sombra parece invitar amablemente a descansar, puede apreciarse también ciertas construcciones que asemejan encantadores monumentos marmóleos, brillantes a la acogedora luz del Sol y llenos de ofrendas hechas con las más hermosas ornamentas florales, flores que no parecen estar en otro lugar salvo ahí, si uno continua observando puede apreciar ciertas alegres criaturas bailando y jugando sobre los pastizales, los árboles y los monumentos. Una tierra realmente encantadora. Por un costado de esta tierra yace un rio cristalino, tan puro que los rayos del Sol parecen revelar joyas sobre sus aguas. Al parecer este rio es el borde de este campo y el otro, a la izquierda del valle, este otro campo es completamente distinto, su tierra es árida y no parece crecer flor alguna, sus árboles están secos y sin hojas dándoles la apariencia de manos siniestras levantándose desde los más profundos avernos para rasgar el cielo, a lo largo de este campo, de forma irregular y  caótica, sobresalen como fauces demoníacas las más tristes tumbas, e incluso en algunas puede verse los brazos de sus inquilinos, infiero que en un intento por escapar, y en otras no sólo brazos sino también almas lamentándose mientras en torno de su tumba gimen. Una vista triste realmente.

Estaba tan asombrado de lo que mis ojos contemplaban que no presté atención a mis alrededores, por lo que no me dí cuenta desde cuanto tiempo, en silencio, estaba parada a mi derecha, mirando a la misma dirección que yo, esta siempre misteriosa figura; su altura podía comparare al de dos personas de alta estatura, parece que ha crecido desde la última vez, verdaderamente impresionante, su vestimenta consistía en una simple túnica con una capucha, como esa que usan los monjes capuchinos, nada diferente a como le recordaba, uno pensaría que esta capucha oculta por completo sus facciones pero , en realidad, no hay rostro en el lugar donde se supone debe haber uno. Sus manos, enormes manos oscuras y de apariencia poderosa, cargaba lo mismo que la última vez;en su mano izquierda lleva una pluma negra de ave, como la que usaban los antiguos escribas, y en su mano derecha un libro del tamaño proporcional al de su altura, de apariencia antiquísima, de pasta gruesa y roída, con detalles arabescos y adornos de metal en las esquina, pero ahora es más grueso que como lo recordaba.

— Esperaba su llegada más pronto, mi señor — dice al fin, sin voltear a mirarme aún. Su voz es como un retumbo en la tierra, parece resonar en todo el valle, profunda y serena, como si hablara en el interior de una cueva que llega a lo más profundo de la tierra. Recuerdo que la primera vez que oí esa voz pensé que era sólo en mi cabeza, pero cuando sentí las vibraciones de cada palabra que esta figura pronunciaba, esta idea se desvaneció.

— Lo sé — contesto — el que no sea la primera vez que tengo que hacerlo, no significa que me resulte mas fácil. Pero aquí están y los he traído a ti — levanté ligeramente, a manera de indicación, el brazo con el cual cargaba mi tesoro,un cofre dorado, hermosamente dorado — creo que es el mejor que he hecho — bajo un momento la vista para mirar este pequeño cofre y al levantarla este ser estaba ya a mi izquierda.
— ¿Puedo, mi señor? — pregunta la figura.
— Adelante — le contesto y al momento una mano invisible toma entre sus dedos al pequeño tesoro que cargaba — aún no me acostumbro a que aparezcas y desaparezcas de la nada.
— Lo siento señor, así es mi naturaleza. Puedo ser invocado con por el atisbo de un fragmento del pasado o por cualquier objeto que se le parezca y ,como ya has de saber, mi presencia en el mundo de mi amo puede convocar fantasmas que se creían desvanecidos o perdidos, como los de ese valle, o también a llamar a las criaturas más dulces y de sensuales figuras.
— Lo sé —digo mientras suspiro — sé que puedo hasta consultarte, aunque jamás das consejo o respuesta.
— Sólo muestro los hechos, señor.
— Así es
— No quiero ser grosero, mi señor, debemos proseguir con lo que le ha traído aquí. ¿Puedo revisar el contenido?
— Por su puesto, es para ti y para que esté en tu custodia
— Con su permiso — sin ninguna intervención aparente, la tapa del pequeño cofre se abre y flotando unas luces emergen de su interior — ¡Oh que lastima, mi señor! Son tan preciosos estos fragmentos. Son dignos de los más solemnes monumentos, altares de adoración. Puedo ver cientos de sonrisas, un sin fin de alegrías de los más diversos y esplendorosos colores. !Que esencia más divina, que ambrosía más dulce hay en estos¡ Es una verdadera lástima — pauso sólo un momento y volteó a verme con esos ojos inexistentes, tal vez llenos de empatía a mi notoria tristeza — Lo lamento, ahora entiendo el retraso de su llegada — las pequeñas luces regresan al interior del cofre y este parece cerrarse por sí solo — Será desgarrador, mi señor, condenar tan bello tesoro, tan doloroso — otro pequeño silencio.
— No todas serán condenadas — lo digo sonriendo con cierta amargura — quiero que alguno de los fragmentos se vayan a esa parte del valle — indico el campo verde y florido.

— Entiendo — responde — comenzaré ahora, separaré los fragmentos ¿Cuales debo enterrar?

— Todos en los que mi corazón arde y también en los que está triste — le contesto — salva sólo en los que mi sonrisa es de alegría, sólo alegría.

— Así será, mi señor — de pronto, todos los fragmentos se elevaron y comenzaron a dividirse en dos grupos; un grupo se fue al campo de sombras y en el se creó un mausoleo y el otro grupo se fue al campo florido, aquí las luces se convirtieron en una pequeña fuente con una inscripción. A finalizar esto el ser abre su libro y agrega un par de hojas más con su pluma negra — Está hecho, ahora sólo falta que presente una ofrenda, para asegurar que no escapen de su tumba y que la fuente no se seque. Debo arrancarle esa llama que aún arde en su interior ¿Preparado, señor?

— La verdad, nunca lo he estado — le sonrío sin gana — vamos, acabemos con esto — Este ser se acerca y se detiene frente a mí, coloca el libro junto a la pluma en su mano izquierda y con la derecha, en un movimiento rápido, arrebata del interior de mi pecho una pequeña flama y de pronto siento el más grande y doloroso vacío en mi interior, como si cientos de bocas con dientes de hielo, sin filo e irregulares mordiesen y arrancaran pedazos de mí, no lloré, ya no podía, sólo caí sobre mis rodillas y trataba de respirar, pero sin alivio. Levanto la vista y veo como la llama se convierte en flores, esas de los colores más brillantes y hermosos.

— Una parte de estas flores es para la tumba y el otro para la fuente — contesta el ente mientras permanezco de rodillas y sintiendo mi interior consumirse — sólo puedo prometerle una cosa, mi señor. El día en que ya no existan más mañanas por contar, justo antes de que su corazón deje de latir, vendré a usted y le traeré cada uno de los fragmentos de su existencia donde sólo la alegría florece, Le regalaré una eternidad en esos recuerdos, le mostraré esos campos que vé, comerá de los frutos de esos árboles, sentirá el viento que con los pastizales juega y escuchara las risas de esas criaturas que bailan y juegan, sólo resista hasta entonces. Ahora vuelva y espero volverlo a verle sólo para registrar sonrisas. Y así desperté, vacío de nuevo, pero con un nuevo día por delante y así como mi memoria lo ha dicho, espero que los siguientes fragmentos que atesore sean sólo alegrías.

Isaías Agusto