–Ven, mi amigo, ven. Necesito de tus diligentes alas – Grito desde la más alta de las cumbres. Muevo mis ojos a mi alrededor, buscando cualquier indicio de que he sido escuchado. Pasan algunos momentos y escucho el fuerte, y constante, aleteo de unas enormes alas que hacen mover las copas de los árboles.
–Aquí estoy – Escucho decir
a mi amigo, no busco de dónde proviene
su voz, ya que a él no se le puede ver – habla pues tengo prisa. Hay melodías que
quiero crear, poetas a los cuales sosegar o inspirar y perfumes que entregar a
los enamorados.
–He escrito algunos pensamientos
en esta hoja de papel – levanto la hoja mencionada. Debió haberla tocad con sus
dedos invisibles, pues la hoja se movió estando en mi mano.
–¿Una carta de amor? – inquiere
mi amigo.
–No – contesto – son una serie de
pensamientos que he creado para ella. Quiero que los memorices y en los
momentos en que no pueda estar con ella se los susurres al oído. Este es para
cuando esté triste – le indico con mi dedo el lugar en la hoja – este es cuando esté estresada o nerviosa –
indico otro lugar – y así hay varios. Ya sabrás cuales decirle.
–Entiendo – me contesta – debo
irme ya – en seguida me arrebata de las manos la hoja. Escucho de nuevo el sonido
de sus alas y veo como se alejan esos pensamientos escritos en ese trozo blando
de papel – los he memorizado – me grita a la distancia – ya no necesito esto –
al decir esto la hoja de papel cae al suelo a cierta distancia de donde yo
estaba.

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