Amo la lluvia, esos rítmicos
golpes, magistrales percusiones que las gotas interpretan al entregarse a su
destino, fatídico destino. Adoro el dulce aroma de la tierra al humedecerse,
dulce y apacible perfume, sin embargo, esta noche, la lluvia es distinta,
parece que algo se va de mí, algo escapa con cada gota que cae, me debilita, y
parece hundirme más y más en este sillón
que yace en el centro de mi habitación, arrancando las sonrisas de mis
recuerdos, sumergiéndome en la más profunda oscuridad, oscuridad que
oportunamente me abraza al instante que un relámpago funde las luces de mi hogar.
Siento el olvido, me siento arrojado, desechado.
—Hace tiempo que no te veía — Escucho
de repente una voz aterciopelada y profunda, amorfa, incapaz de identificar si
la fuente de las palabras son de un cuerpo de mujer u hombre y, además,
imposible determinar de dónde provenía.
—¿Quién está ahí? — Pregunto y me
incorporo parcialmente de mi asiento — ¿Cómo entraste?
—¿Quién soy? ¿No me reconoces? —
habla pausadamente, disfrutando el efecto de opresión que su voz, su veneno,
produce en mí. Si las serpientes pudiesen hablar, su voz sería la que esta
persona posee, sarnosa, parsimoniosa y con cada sílaba que su boca interpreta
sería un veneno que se desliza por los oídos y llega directo al corazón,
afectando su compás cotidiano, debilitándolo. La voz continuó — Pobre de mí — dice con burla y, podría decirse,
con regocijo desde algún punto de mi habitación; parece que se mueve alrededor
de mi habitación, más sólo oscuridad veo y nada más— Y yo que soy como una
tímida enamorada, siempre detrás de ti, ocultándome cuando volteas, más no lo
suficiente rápido para que no me veas, tanto tiempo persiguiéndote para poder
verte de frente y sólo me dices “¿Quién eres?”.
—No puedo verte — respondo con
cierta inseguridad en mi voz, su presencia misma causa alteraciones en mis
nervios — No sé quién eres.
—¿Quién? — parece haber detenido
su asecho, y habla desde un solo sitio, sin precisar a qué distancia —
¿Preguntas quién? —Sigue sin moverse — No soy un “Quien” — susurra de pronto
tan cerca de mi oído que casi siento el movimiento de sus labios en mi piel,
rasgando mi cordura como gusanos devorando un cadáver. El espanto me llega de
tal forma que ni un grito puedo dar, levanto mi cuerpo del sitio de donde estaba,
como si fuese un lunático siendo sometido a un electroshock directo, y en mi
huida, impacto con una de las paredes de mi habitación, caigo sentado e inmediatamente
me coloco de espaldas a la pared, escrutando la oscuridad más nada puedo ver.
—
¿Qué eres? — logro decir tartamudeando. Siento la vibración de sus pasos en el
suelo, parece descalzo, puedo escuchar el sonido amortiguado de sus pies, y
algo más, un sonido más estridente que se percibe cuando, creo yo, inicia un
nuevo paso; tiene garras en los pies.
—Soy un murmullo en la noche —
Comienza diciendo — Un rasguño en tu puerta — se escucha a mi derecha — Esa
sombra que percibes por el rabillo del ojo y desaparece al ser buscada — ahora
a mi izquierda — Soy los pasos que puedes escuchar cuando vas solo — ¡Atrás! —
Soy el grito que te despierta aún del más dulce sueño — sigue deslizándose por
mi cuarto — Soy esa risa que destroza el alma. La presencia que siempre está a
tu espalda — Se detiene frente a mí.
Puedo oír cómo se sienta en el lugar donde estaba yo sentado — Y he venido a
recordártelo pequeño cobarde — Una marejada de recuerdos llegó a mi cerebro,
momentos en los cuales le había percibido, momentos en los que dejé escapar a
la felicidad por escuchar a esta entidad, momentos que no podrán volver.