—Listo — me dije a mi mismo.
Ajusté mi chamarra, revisé las baterías de mi lámpara, di un pequeño golpe al
piso con la punta de mi bota, esbocé una sonrisa y dirigí mis pasos a la
oscuridad de la noche. Era una noche tranquila, no había una sola luz, sólo el pequeño haz de mi lámpara rasgando la espesa oquedad de las sombras. Disfrute de
la paz de mi caminata, escuchando cada uno de los sonidos a mí alrededor, los
grillos afinando de sus violines, al
viento usando como cuerdas de un arpa a los pastizales y el más agradable de
todos, el retumbo de mis pasos sobre el suelo y la hierba. Y así continué, con
mi orgullo en alto y blandiendo mi sonrisa.
No paso demasiado tiempo cuando
el lúgubre cielo comenzó a despojarse de sus oscuras nubes, rebelando un
hermoso jardín de flores brillantes, danzarinas. Una vista hermosa. Poco a
poco, las formas del horizonte parecían definirse, pude ver algunos valles y
montañas, el destello de algún silente rio no muy lejos, algunos árboles
solitarios y un pequeño sendero por el que decidí continuar mi paseo. Sonriendo, sintiendo el viento en
mis mejillas y por entre mis dedos y aspirando su fresco perfume.
—Soy mi propio reino — me dije a
mi mismo.
Tan perdido en mis propio mundo,
que no percibí el momento en que una pequeña estrella bajó hacia mí, trémula,
insegura, a pasos irregulares.
—Bella noche — dice al llegar
donde yo.
—Bella noche — le contesto
mientras sigo caminando.
—¿Puedo preguntarle algo? —
inquiere tímidamente la estrella
—Por supuesto
— ¿Qué hace un caballero,
caminando solitario por la noche?
—Emprendí un paseo, sin destino
seguro. Para disfrutar de mí mismo, del perfume del viento y del sonido de mis
pasos. — contesté.
—¿Y no se siente sólo?, es una
oscura noche, yo podría acompañarle y alumbrar su camino.
—Lo siento. Ya tengo una lámpara
para iluminar mi camino — le digo sonriendo — No soy la compañía que buscas, no
puedo darte la seguridad que buscas y no podrás seguir mis pasos. Agradezco tu
oferta, pero quiero seguir mi camino
No contestó. Permaneció en su
sitio y yo seguí mi camino. A unos cuantos metros, vi el destello de otra
estrella acercándose. Su resplandor era regular, acompasado e hipnotizante.
—Bella noche, galán — saluda con
una voz suave.
—Bella noche — le contesto.
—¿Por qué tan solo esta noche?
—Emprendí un paseo, sin destino
seguro. Para disfrutar de mí mismo, del perfume del viento y del sonido de mis
pasos. — contesté.
—Yo podría acompañarlo, mi luz es
más brillante que las otras y podría ofrecerle algo de calor en el camino.
—Lo siento — comienzo diciendo —
Me es suficiente abrigo esta chaqueta que llevo y mi ego podría chocar con el
tuyo, resultando en una compañía incómoda. Agradezco la oferta, pero no,
gracias.
No contesta y se marcha, y yo continúo
con mi caminata. De nuevo, después de caminar cierta distancia, una estrella
danzarina y alegre se acerca a mí.
—Bella noche, caballero — saluda
—Bella noche.
—¿Por qué tan sólo en esta bella
noche?
—Emprendí un paseo, sin destino
seguro. Para disfrutar de mí mismo, del perfume del viento y del sonido de mis
pasos — contesto por tercera vez
—Yo podría acompañarte, dibujar
una sonrisa en tu rostro y bailar contigo por el camino.
—Lo siento. Ya tengo conmigo una
sonrisa y estas botas fueron hechas para caminar, no para bailar. Le causaría
muchas molestias. Agradezco la oferta, pero no, gracias.
No contestó. Siguió, danzando, su
camino y así, seguí con el mío. Después de caminar, mirando al horizonte,
levanté la mirada al cielo.
—Ya casi no hay estrellas — me
dije a mi mismo. Ajusté mi chamarra, revisé las baterías de mi lámpara, di un
pequeño golpe al piso con la punta de mi bota, esbocé una sonrisa y seguí mi
camino.
Isaías Augusto Sánchez Hernández