Decidí salir temprano del trabajo, la melancolía del día ya me había afectado, por lo que elegí caminar por las calles y buscar un lugar donde tomar un café y terminar el libro que leía actualmente. El día seguía gris, tanto como en la mañana. Mientras caminaba por las calles, seguía sosteniendo una ligera sonrisa, fingiendo, observando de vez en cuando el cielo y mirando uno y otro lado de la calle en busca de cualquier detalle que entretenga mi imaginativa mente, entonces, volví a ver, a la distancia, a esa hermosa mujer, parada, observándome, me ha estado siguiendo, mucho más cerca que de costumbre.
Esta mañana, al prepararme para salir a mi trabajo, le vi, por vez primera en el día, por la ventana de mi habitación y mirando directamente a esta, jamás ahí ni tan cerca como para verle con detalle, siempre a mucha distancia, vi su inmaculado y blanco rostro, sin expresión, ni en sus ojos verdes y serenos, ni en sus labios perfectamente dibujados, y a pesar de la carencia de estas expresiones, la belleza era humilde frente a ella. Pude ver sus ropas, tonos oscuros, siempre oscuros, con algunos toques rojos o grises, perfilaban perfectamente su silueta, una provocativa e hipnotizarte figura, mis brazos deseaban recorrerla, era imposible no observarla, sin embargo, fingí no verle y sonreí.
— No debe saber que la ves — dije a mis adentros — o seguirá acosándote — Finalicé mis preparaciones y salí a mi trabajo.
La mañana era fresca por lo que disfrute de la caminata hasta mi camión, de la bruma fantasmal de los cerros, de su color verde y las formas del horizonte, sin embargo, el día me parecía triste y gris, y logró contagiarme de su melancolía, un vacío me envolvía y no podía deshacerme de el. No esperé mucho, el camión llegó al tiempo que yo, subí y le volví a ver, al lado del camino, observándome, de nuevo mantuve mi sonrisa y le ignoré. Todo el caminó lo pasé observando, viendo nada en realidad, por la ventana, y de vez en cuando le veía. Una vez allí, otra allá.
— Hoy está más insistente — me dije — sólo ignorala — me ordené.
Así fue como de me ha presentado esta mujer que ahora se me presenta de nuevo, me acosa, y como todas las demás veces sonrió y camino ignorándola.
Encontré un perfecto lugar para tomar un café y leer, por fin, mi libro. Entre al lugar y me acomodé en una de las esquinas, en uno de esos sillones donde pueden sentarse varias personas para charlar, saqué mi libro y pedí al mesero un café, pronto ya estaba leyendo tranquilamente y disfrutando de lo amargo de mi bebida, cuando de pronto, le veo de nuevo, de soslayo, parada frente a mi mesa, tan cerca, increíblemente cerca, con sus provocativas figuras y hermoso rostro. Seguí leyendo, fingiendo de nuevo.
— ¿Acaso seguirás en ese plan? — dice. Sigo, trato, de leer — ¿Te es correcto ignorar a una mujer que busca tu atención? — continuo sosteniendo mi sonrisa y mirando, sólo mirando, las letras de mi libro. Ella se sienta a mi lado, e inclina su cabeza en mi hombro. Su perfume era arrebatador y su efecto era inquietar a mi alma que ansiaba el contacto. No hice, no dije nada. — No te resistas, no pido más que tus atenciones, y prometo, un descanso a tu corazón y tu alma. Entrégate a mis brazos — me asió del brazo. Apunto estuve de abrazarla, de dejar que su dulce voz me conquistara, más no cedí, todo gracias a que a alguien se le calló una taza al piso. Saqué mi cartera, deje un billete para cubrir el café, guarde mi libro, levanté mi mochila y me fui de inmediato. Quitándome de encima a esta encantadora mujer.
Salí a paso veloz, casi corriendo, vague por las calles, sin pensar en mi destino ni en el tiempo. Comenzó a llover, las gente se hacía cada vez más escasa y la luz de este opaco día moría, no me importaba sentir las frías gotas que caían como agujas sobre mí, seguía caminado y ella seguía tras de mí. Levanté mi mirada, no había alma alguna, ni a mi derecha, ni a mi izquierda. Me detuve. Alcé mi rostro al cielo oscuro y encapotado, dejé que las lluvia aguijoneara mi rostro y esta sensación fluyera de mi.
— Puedo verlas, ¿sabes? — dijo ella mientras me rodeaba por la espalda con sus brazos — a pesar de que la lluvia las disfrace, puedo verlas y puedo quitártelas, pero debes entregármelas. Quitaré el peso con el que cargas — de nuevo sonreí, pero no le ignore, tomé sus manos entre las miás, gire para poder verla directa a los ojos, y con una sonrisa me arrodille y le abracé y dejé que mi sonrisa en carcajadas tristes se convirtieran. En medio de esta fría lluvia, entre carcajadas, desgarradoras carcajadas, me entregué a los brazos de esta hermosa e ignorada dama.
Isaías Augusto
Beksinski