— Hola, linda noche hermosa — le saludo con una sonrisa, sincera, vasta, dulce. Ella no contesta. Permanece taciturna. Vanidosa. Tomo asiento en la banca que está próxima a mi. Levanto el rostro para verla — luces esplendida — permanece en silencio, con su níveo rostro, con ese halo de belleza y majestuosidad que siempre le rodea. Le observo, toda ella es una explosión de sensaciones que cautivan hasta los ojos de los hombres de más frío corazón — ¿A quién no volverías poeta? Sólo basta una mirada tuya — le pregunto. No contesta. Sólo está ahí.
Aquí mi rostro se vuelve serio. Bajo mi mirada y junto mis manos y las entrelazo, al mismo tiempo, busco colocar mis pies de la forma más firme posible sobre el frío suelo e inclino mi cuerpo al frente apoyando mis codos sobre mis piernas — Hoy me voy — digo de pronto — ya no te veré más, no cómo lo he hecho. No levantaré mis rostro al cielo buscándote, ni beberé de las insípidas aguas de la esperanza de que uno de tus trémulos y pálidos rayos sea para mí. Ahora mi mirada se posa al frente, hasta su máxima extensión, al nivel de mis hombros y sólo los míos. Ahí — suspiro — no estás tú, ni tu vanidad — silencio. Sólo el compás del gélido viento puedo percibir. — Ah mi hermosa luna — lo digo con un suspiro — me voy. Para encontrarme, reconstruirme, evolucionar, encontrar esos trozos que no están bajo el cielo donde tú yaces, no. Y para ello, debo irme, pero antes de despedirme, debo hacer esto. — elevo mi mano derecha a mi pecho. Respiro profunda y lentamente, cerrando mis ojos, en un movimiento rápido, alzando mi mano para tomar impulso, perforo mi pecho con los dedos formando, emulando, una lanza que atraviesa mi carne y destroza mis costillas. Un dolor inmenso viaja a mis extremidades, pulverizando mis fuerzas hasta casi desfallecer, de estar de píe seguramente habría caído. Trato de respirar, pero el dolor es tan agobiante que hacerlo es una tortura. Jadeo. Acerco mi mano izquierda a la oquedad que ya he logrado con la otra, introduzco los dedos y ,apretando los párpados y lanzando estertores de dolor, con un gran esfuerzo, abro mi pecho lo más rápido y brutalmente posible. Mi respiración parece la de una bestia muriendo, agonizando de dolor. Con una de mis manos temblorosas, tomo mi corazón y , con la otra mano, arranco un trozo de este y coloco de nuevo, el más grande, en la oquedad de mi pecho y le encierro ahí de nuevo, siendo más fácil que abrirlo.
— Este, — comienzo diciendo, aún agitado — este es una parte de mí, que no necesito más — miro a mi mano extendida, donde yace el trozo carmesí — una pieza que no me pertenece. Mi regalo para ti, mi hermosa reina de la noche. Aquí yacen muchas sonrisas, hermosos recuerdos, alegrías inmensurables y en todas eres tú la causa. — lo tomo entre mis dos manos y comienzo a amasarlo, darle forma, transmutándolo en algo distinto. — aquí tienes — y deposito una caja de música en la banca — no es necesario decirlo pero, la música allí, dentro de esta caja, tiene mucho de mí, de un ser que ya no soy. Espero aceptes. Adiós — con decisión en mi rostro y serenidad, doy media vuelta y comienzo a caminar — fue un placer, hermosa — sonrío y sigo caminando. Después de cubrir cierta distancia, a lo lejos, comienza a oírse un leve sonido. La caja de música esta sonando.
Augusto Sánchez Hernández